22 octubre 2008

Transferencia II. Breve historia

Son conocidos los avatares que experimentó Freud con este esquivo concepto.
Inicialmente, el padre del psicoanálisis se acogió a la teorización de la transferencia para explicar el fracaso terapéutico de Bleuer con Anna O. De esta guisa, la transferencia (en este primer caso: inequívocamente erótica) era una variable a tener en cuenta en la medida que siempre iba acompañada de resistencias al tratamiento. Podeís acceder a este episodio histórico descargándoos la película Freud, pasión oculta.
Pese a estar sobre aviso, el siguiente encontronazo de Freud con la transferencia tampoco fue especialmente afortunado, y esta vez fue el propio autor quien (avatares contratransferenciales mediante) puso en bandeja a nuestra voluble Dora el abandono de la terapia. En esta célebre ocasión, Freud cayó en el error de bajar la guardia en lo referente al principio de abstinencia, dejándose ubicar por la paciente (y ayudándole en su empeño atribucional) en la arriesgada posición de Sr. K.
Posición de muerto, de desecho terapéutico.
De esta guisa, no debe extrañarnos que el concepto de transferencia freudiano siempre haya tenido una extraña pátina de incomodidad, de variable extraña, de síntoma esquivo y contrario a la resolución terapéutica. El propio Freud -de manera sucinta- va incorporando el control de la transferencia al conjunto de herramientas terapéuticas, pese a que tendremos que esperar al enfoque lacaniano para conceder el indulto a ésta “gran enemiga” del análisis. En palabras de Freud: «¿Qué son las transferencias? Son reimpresiones, reproducciones de las mociones y de los fantasmas, que deben ser develados y hechos conscientes a medida que progresa el análisis». En una última concesión, el autor reconoce que no se puede obviar semejante proyección de los afectos y que, por otra parte, "sólo pueden convertirse en aliados de la cura a condición de ser explicadas y «destruidas» una por una".

No hay comentarios: