21 noviembre 2008

Tres Registros III: El campo de lo real

Pese a que sería previsible continuar nuestra andadura por los registros abordando el simbólico, prefiero reservarlo para el final (ya anticipo que es el más explicativo en cuanto a clínica se refiere), y arriesgarnos a "explicar" el campo de lo real.
El registro real es antagónico al imaginario. Allí donde éste último es todo apariencia y percepción, lo real se escapa de nuestra comprensión, regateando nuestra limitada capacidad de siquiera acotarlo. Y es que lo real es un páramo objetivo puro, fuera de normas y ajeno a cualquier simbolización posible (“Bienvenido al desierto de lo real”, que diría Morpheo). Lacan en su momento ya avisó que “lo real es lo imposible de imaginizar”, esto es: se escapa de nuestra experiencia sensorial (exteroceptiva) y huye de nuestros registros mnémicos.
De hecho, ni siquiera el esquema lambda contempla este esquivo campo, pese a que subyace a lo imaginario y lo simbólico. El cuarto nudo (la neurosis, en definitiva) es el salvoconducto que nos aleja de una caída en lo real (de un pasaje al acto psicótico). De nuevo, según Lacan: “lo simbólico lo ha expulsado de la realidad”. Lo real, pues, se nos dibuja como un agujero insondable que, pese a no ser interpretable o simbolizable, si se presta a ser temporalmente obturado. Como extraemos del diccionario Chemama de psicoanálisis: “«Lo que no ha venido a la luz de lo simbólico reaparece en lo real». ¿En qué sentido? Para que lo real no se manifieste más de una manera intrusiva en la existencia del sujeto, es necesario que sea tutelado por lo simbólico, como sucede en el sueño.”
Pese a lo extraño de toda esta teorización, lo real es la primera guardería del infante y –a través de diversas castraciones- queda encarcelado en lo más profundo de nuestro psiquismo, conformando el código máquina que mora en el inconsciente reprimido. Lo real se adivina en los autismos exacerbados, en las erráticas imágenes corporales que devuelve el espejo en la anorexia, en las alucinaciones de las esquizofrenias… En definitiva, lo real se ubica en las antípodas del principio de realidad y, sin la salvaguarda de un simbólico que haga de dique, adviene a lo imaginario destruyendo las confortables barreras de la lógica y de lo posible.
Lo real, concepto imposible de conceptualizar, es una dimensión que no deja de existir por no ser percibida. Como definía Kant con el concepto de noúmeno (1): “eso que es, y porque es, no lo puedo conocer, pero porque es, existe”. Esa incómoda dimensión queda escamoteada detrás del aparataje social y el maquillaje individual. Los teóricos citan como ejemplo el trauma del nacimiento y la muerte, balizas de lo real, y en clínica nos acercamos a su frontera cuando se presentifica en forma de angustia difusa, huérfana de significante y resistente a la simbolización.
De nuevo, debemos hacer hincapié en que los registros no pueden (ni deben) ser articulados por separado. De cara a una correcta comprensión de los tres campos hay que atender a su interrelación dinámica.
Lo real es, en resumen, un terreno apenas intuido en la neurosis pero un campo ineludible en la clínica de las psicosis que, herida en la constitución de su simbólico (renegación o Verwerfung) naufraga en la posibilidad de lo imposible.

(1) (Definición de la Wikipedia): El noúmeno (del griego "νούς" "noús": mente), en la filosofía de Immanuel Kant, es el concepto problemático que se propone para referirse a un objeto no fenoménico, es decir, que no pertenece a una intuición sensible, sino a una intuición intelectual o suprasensible. Por otra parte, el término también ha sido usado para hablar de la cosa-en-sí, es decir, la cosa en su existencia pura independientemente de cualquier representación. Como tal es incognoscible e inabordable para el hombre. Es aquello que está tras los muros del conocimiento posible, de la experiencia en que como hombres dotados de razón, de intuiciones de espacio y tiempo, de categorías, nos movemos inevitablemente. No hay para el filósofo de Königsberg abordaje del noúmeno en el plano del conocimiento. Porque estamos desprovistos -como pretendían los dogmáticos racionalistas- de intuición metafísica o no sensible para el mismo.

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