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12 enero 2009

Esquema Lambda (VI): La S barrada, la S deseante

En un último ejercicio de abstracción, el inconsciente queda representado en el esquema Lambda como una S mayúscula pero, ¿por qué barrada?
El hecho de barrar el inconsciente es una forma de evidenciar la necesaria condición castrada del sujeto. El inconsciente queda castrado (barrado) desde el mismo momento en el que elabora un primer deseo. Cuando el niño, ya realizada la Spaltung y separado psíquicamente de la madre, se percibe que necesita un otro que le proporcione lo que le falta, que cumpla sus deseos, deja de ser omnipotente para comenzar a desear, a demandar. Se construye por vez primera el significante unario (S1), el falo, para ser separado y ubicado en el lugar del Otro Grande, de aquel que lo gestiona y provee. De forma simultánea, el antagónico significante de la castración inaugura la posición de demandante, una posición que el sujeto no abandonará hasta la muerte y que, a cambio, inaugurará el lenguaje y la necesidad de la comunicación.
Por partes. La primera demanda dibujará lo faltante, y la Spaltung arrojará el falo a las galeras de lo reprimido en el niño. A partir de ese momento, el infante comenzará a hilvanar demandas en un proceso que, primero, inaugurará el inconsciente, segundo, hará necesario acatar la primera ley (la de dominar el lenguaje y someterse a las leyes de su construcción), y tercero, por extensión, el niño iniciará su andadura por el imaginario de lo social, creando nuevos lazos de comunicación e introyectando un sistema cada vez más complejo de leyes y normas.
Aquello que nos atenaza, que nos enlaza de por vida a los eslabones del discurso y la concatenación de Lambdas, que nos aliena es -paradójicamente y al mismo tiempo- aquello que nos regala un primer traje para pasear por el imaginario, que va dibujando nuestro Yo y nuestra denostada neurosis.
A fin de cuentas, cadenas que nos hacen libres, ataduras simbólicas y preconscientes que posibilitan nuestro deambular consciente.

Una vez más, y para finalizar con estas entradas dedicadas al esquema Lambda de la intersubjetividad, adjunto el documento íntegro en formato .pdf. Un saludo.

09 enero 2009

Esquema Lambda (V): El reino de los fantasmas

Nuevamente, la supuesta intencionalidad y la consciente independencia del hablante hace aguas. Desde el paradigma psicoanalítico, toda relación, cualquier combinatoria entre un sujeto y otro, por novedosa que resulte, va a beber de fuentes inconscientes, de relaciones pasadas y a menudo estereotipadas.
En un supuesto que ha levantado numerosas críticas (a menudo debidas a que defiende un cierto mecanicismo y a que hiere de muerte al individualismo yóico), el psicoanálisis defiende que toda relación adulta está mediatizada por esquemas establecidos en la infancia. Se trata del pago exigido por abandonar el nido demasiado tarde. Nuestra especie paga -con el neuroticismo como moneda- la afrenta de criar a los individuos hasta casi la treintena. Curiosamente, serán esos mismos individuos los que defenderán a ultranza su individualidad y su Yo consciente, y hasta cierto grado es comprensible: deben rellenar de coherencia la inversión realizada durante años en capas y capas de maquillaje yóico.
En fin, dando por válida la hipótesis de la repetición de las relaciones, tenemos que ser cautos al re-examinar la agenda: el por qué de nuestras amistades, lo casual de nuestra elección de pareja, por qué nuestro discurso florece con determinadas a’, mientras que se coarta y casi extingue en presencia de otras… En la línea que se dibuja entre el inconsciente y el otro, entre la S barrada y la a’, se ubicará el fantasma, a modo de metáfora sobre la elección inconsciente que tomamos en la infancia y que regulará (desde lo insabido, desde lo casual) cualquier comunicación que establezcamos con nuestro entorno.
Como hemos visto en otros seminarios, los pequeños exámenes realizados en la infancia van a determinar todas nuestras interacciones. Ser activo o pasivo, ser fálico o castrado, afiliarse al Ser o al Tener… van a ser condicionantes de la comunicación, afectando de modo decisivo qué atribuimos a causas internas o externas, qué posición desempeñamos con respecto al otro… así como a la manera en la que exhibimos nuestro palmito consciente allá en lo imaginario.
En otro frente, la evolución de nuestro superyo, el modo en el que acatamos la ley o decidimos enfrentarnos a ella, nuestro bagaje infantil con las figuras de autoridad… entre otros factores, a su vez serán determinantes de nuestra relación con la A mayúscula del Lambda.
¿Determinados? Parece que sí, pero también determinantes: El rol que asumimos y desempeñamos a su vez articula los fantasmas del vecino, en una interdependencia simbólica y casi infinita de relaciones homeostáticas. Sobre el tablero de lo social se dibujan infinitos Lambdas, que a su vez configuran a amos y a esclavos, amistades y odios, relaciones simétricas y tiranías… volviendo a Matrix, y cerrando la pescadilla obsesiva, todo un universo de atribuciones tan falsas como articulantes.

17 diciembre 2008

Esquema Lambda (IV): La Rueda del Auxilio

Ouroboros
Retomando la autopista imaginaria de la comunicación (a-a'), el analista puede (y debe) acatar la responsabilidad de accionar (o no) el mecanismo de respuesta (de feedback comunicacional, que dirían otros compañeros).
Como se contempla desde la psicolingüística, una de las leyes (implícitas) de la comunicación radica en la bidireccionalidad del discurso. Se da por tácito en ambos interlocutores el pase de relevo continuo, a modo de confirmación de cada comunicación entrante. Una extraña danza de intenciones en las que la educación nos invita a un cortejo de locución y escucha. Se supone una simetría entre ambas partes, que alternan la producción y la recepción. Pese a ello, y quizá debido a ello, desde el psicoanálisis se puede modular el discurso del paciente desde la escucha; la comunicación no es simétrica en el análisis (no debería serlo), y con miras a recordar las distintas posiciones (y a reforzar el carácter simbólico del otro lado de la mesa), a menudo no se le devuelve el feedback al paciente, coronando con un silencio la entrada de información consciente.
Ese simple mecanismo (no devolver el turno, cortocircuitar la base de las expectativas comunicacionales), de por sí basta para interrumpir lo fluido del continuo consciente, enviando (por ausencia) el balón al campo del paciente. Se frenan de súbito las aspas del molino de palabras, quedando detenida la rueda del auxilio. De esta forma (poco popular en el registro cotidiano) se obliga al emisor a reelaborar su producto, el por qué del rechazo… A rellenar el silencio y, en la mayoría de los casos, a caer en la propia trampa de la proyección.
¿Cómo? Los teóricos de la comunicación ya han postulado que el silencio es tan (o más) comunicativo que la propia fonación. Ante un silencio, el individuo tiende a dotarlo de significación, sobre todo cuando le atribuye un saber al receptor. Una vez iniciado el proceso, el silencio le devuelve el mensaje al emisor, sugiriéndole que en su contenido se encuentra el motivo de la interrupción. Ante la ausencia de respuesta allí donde debería figurar, en el reflejo de lo imaginario, no es de extrañar que el paciente elabore una contestación propia, recién horneada en su propio registro simbólico. Así se inaugura el proceso que podríamos denominar como de proyección guiada.
No debería tratarse de un cliché arbitrario, de un modo de hacer terapia: del mismo modo que el silencio puede ser contundente en el contexto adecuado, su uso indiscriminado siempre es motivo de frustración. La ortodoxia psicoanalítica debería cuidarse de no alimentar el tópico, pues ofrece excusa suficiente para abandonar la terapia, y no precisamente debido a la resistencia del paciente. Un silencio a tiempo habla por sí mismo, una cadena de silencios, por el contrario, hablará a voces de la inexperiencia del terapeuta, parapetado en el espejo.
Hasta el momento hemos comentado lo que acontece al frenar la rueda del auxilio. No obstante, en ocasiones dicha rueda deberá tener el cometido contrario, no dejar de girar para que el paciente no haga una lectura equivocada, o para impedir que se desate un quantum de angustia no funcional. En cualquier caso, el control de la comunicación, paradójicamente, no va a pertenecer al emisor, sino al eterno receptor analítico, ubicado en una posición de arbitraje del flujo comunicacional, en el terreno que Lacan denominaba del tesoro de los significantes. El psicoanalista administrará mediante el feedback la cantidad de consciente por unidad de tiempo, con miras a que el inconsciente no quede amordazado (reprimido y sintomático) por el sempiterno, consciente y tan acomodaticio molino de palabras.

15 diciembre 2008

Esquema Lambda (III): La investidura simbólica

Sujeto Supuesto Saber
En el momento en el que el sujeto decide acudir a terapia, es común que se hayan producido varios intentos (infructuosos) de solventar el problema por otras vías. Al ser humano le gusta creerse poseedor del control de su existencia, y en dicho empeño intenta auto-gestionarse de la forma más independiente posible, llamando a la puerta de la consulta sólo tras agotar sus mecanismos de afrontamiento.
En condiciones ideales, el individuo que se nos presenta a la primera entrevista acostumbra a estar desorientado justo en lo que debería ser un experto: él mismo. Tras haber intentado el cambio individualmente, y tras haber deambulado con su problema de amigo en amigo, de a’ en a’, el sujeto por fin se encuentra desdibujado y necesitado de explicación: todo él hecho demanda. Bajo la imperante exigencia de la necesidad, en muchas ocasiones los profesionales del tratamiento seremos automáticamente promocionados a la posición de Sujeto Supuesto Saber, a la ambigua atribución de ser otro diferente a los otros otros: y en esa esperanza el paciente nos ubica del lado del Otro grande (A), un otro especialísimo (¡por favor, por favor!) que pueda gestionar un conocimiento que a él se le escapa.
Es a partir de aquí (en las distancias cortas) cuando un terapeuta se la juega. Dependiendo de cómo sepa desenvolverse en el registro simbólico, acompañando su postura de los conocimientos y experiencia pertinentes, el profesional asentará lo que se ha venido denominando el sittin’. Dependiendo de su orientación, enfocará el tratamiento por la vía del desahogo de lo consciente (desempeño en el registro imaginario), o alternando posturas entre una escucha (a’) y otra (A). Aquellos que elijan la primera vía pueden decidir el grado de directividad de su terapia, desde un proceso de compañerismo o guía hasta un proceso de aprendizaje guiado por un terapeuta-tutor. Por lo contrario, incluir la posibilidad del inconsciente como hipótesis de trabajo supone alternar ambas posturas, en un ejercicio dual en el que el analista se mueve en ambos terrenos, perfecto espejo en el imaginario y aventajado embajador del registro simbólico.

12 diciembre 2008

Esquema Lambda (II): La posición del analista

Orientando la oreja
Un psicólogo se hace eco del discurso del paciente. Como profesional de la escucha consciente, se colocará en función del otro (a’), y desde ahí recogerá el discurso y elaborará diferentes estrategias. Dentro del modelo humanista, por citar un ejemplo, se insta a los profesionales a establecer un reflejo terapéutico, siempre devolviendo el discurso y enfatizando, de manera clara e indudable, que ha sido perfectamente entendido y debidamente comprendido. Desde esta perspectiva, el consciente del cliente es el verdadero experto en su vivencia, y el terapeuta se coloca en posición de reflejo de su discurso, empático, subrayando el final de sus frases y potenciando la construcción de las siguientes.
Como se puede adivinar, el profesional cae (y fomenta el uso) del molino de palabras, obligando a la cura (de producirse) a circunscribirse al registro imaginario (único campo contemplado por la inmensa mayoría de las orientaciones psicológicas).
A finales del siglo XX la psicología ya comenzó a cambiar el rumbo de su metodología. Después de décadas de conductismo, y bajo la equívoca denominación de cognitivismo, se ha comenzado a contemplar lo importante del sistema de creencias personal. Es un paso. El paciente deja de ser el experto para someterse al escrutinio de una revisión simbólica pero, pese a todo, desde esta perspectiva se sigue negando la existencia de un inconsciente estructurado. Sigue existiendo un único foco de discurso a escuchar, siendo responsabilidad consciente del individuo el reelaborar las cogniciones erróneas.
Para terminar el recorrido paradigmático, el psicoanálisis continúa reivindicando la existencia de un entramado inconsciente y estructurado. A diferencia de la primera lectura aparente, el sujeto no vive tiranizado por unos instintos latentes, sino más bien a la inversa: son dichos instintos los que, silenciados por todo un aparataje consciente, han sido relegados a la condición de inexistentes y, desde el limbo de lo insabido, buscan representación (somática o en discurso) en la cotidianidad del sujeto que les niega la existencia.
Se trata de diferentes maneras de abordar la naturaleza intrapsíquica, pero el psicoanálisis ha sido pionero en reivindicar otros registros donde librar la batalla. De un modo alternativo, el psicoanalista recoge el discurso consciente, pero sin atribuirle la exclusividad y/o la totalidad del mensaje. Manteniendo el punto de atención flotante, ya exhortado por Freud en los inicios de la clínica, el analista se va a mover entre la posición del que escucha (a’), y la posición del que aguarda un otro mensaje (A). Mientras el resto de colegas de profesión ahondan en los contenidos verbales conscientes, en los significados cargados de afecto, el psicoanalista esperará (normalmente desde el silencio) aquello que emerge detrás de las pausas, detrás de los equívocos. Agazapado en las esquinas del significante.
Consecuentemente, mientras un humanista ayuda al cliente a hilvanar su discurso hasta el infinito, un psicoanalista espera y fomenta su disolución, conocedor de que en las fallas de lo consciente es donde aguarda aquello que pugna por hacerse escuchar.
De ahí el fenómeno de la repetición. Si algo caracteriza a la mayoría de los individuos es su tendencia a reproducir patrones idénticos, pese a que ya se hayan demostrado disfuncionales en el pasado. Como hipótesis, quizá adoptemos esquemas simbólicos sin saber que lo hacemos, condenados a repetir un guión al haber olvidado haberlo aprendido.
Y mientras el consciente da vueltas en ruedas de goce y repetición, el inconsciente pugna por ser entendido, reiteradamente. En un curioso fenómeno que también atañe a los psicoanalistas, un sueño puede repetirse hasta que sea correctamente interpretado, acertadamente simbolizado. Independientemente de la brillantez de una interpretación, e independientemente de lo que ésta le guste/disguste al consciente del paciente, podemos hacer un seguimiento de su validez en la medida que el sueño no vuelve a ocupar el tiempo de la terapia, a menudo cambiando de actores pero con el mismo contenido. El inconsciente seguirá cifrando la metáfora de aquello que necesita finiquitar y, tras repetidos intentos fallidos, bien desembocará por la vía del síntoma, bien forzará el abandono de la terapia. A esto último se le viene denominando Reacción Terapéutica Negativa (o RTN en el argot psicoanalítico).
Y es que, puestos a ignorar al inconsciente, ya existen muchas otras corrientes psicologicistas.

10 diciembre 2008

Esquema Lambda (I): La autopista imaginaria

(A lo largo de las siguientes entradas, aconsejamos cotejar la información con el grafo completo.)

En el esquema Lambda, el eje imaginario cubre las relaciones entre el Yo del sujeto (aquello que el sujeto cree ser, denominado a minúscula) y cualquier otro (otro al que se dirige el discurso y también mediatizado por creencias), denominado a’. Se trata del eje absolutamente consciente de la comunicación, y en él se representan las escenificaciones de la vida cotidiana, así como los diversos papeles y roles.
El sujeto solamente es intencional desde este eje: la producción del lenguaje parte desde el consciente de a y es recogido, a su vez, por el consciente de un a’. Quizá por ello nos encontramos tan cómodos inaugurando frase tras frase: el proceso nos refuerza nuestro carácter consciente y volitivo; tras cada contestación se nos reafirma que nuestro mensaje, conscientemente ensamblado, ha sido correctamente entendido.
Existimos. Pero siempre mediatizados por un otro.
Pese a este perentorio triunfo consciente, el esquema Lambda se define como un grafo de la intersubjetividad. Hablamos de intersubjetividad porque todo, en el discurso o en nuestras relaciones con los otros, está supeditado a instancias que mediatizan la comunicación, haciéndola imposible de objetivizar.
Nos gusta creernos los directores de nuestro discurso, y en este afán entablamos diversas comunicaciones desde el eje imaginario. Creemos tener algo que decir; creemos disponer de herramientas con la que elaborar el discurso y, en un último error, creemos contar con la libertad de escoger un interlocutor sobre el que depositar nuestra información.
Se trata de un proceso paradójico, y de ahí que Lacan estipulara que la comunicación se basa en el malentendido. En el discurso cotidiano, si bien nuestro consciente elige qué contar, de qué manera hacerlo, y a quién… en la experiencia clínica nos percibimos de que –con frecuencia- hay otro discurso tangencial al del consciente, un discurso que aguarda a un interlocutor que sepa poner oído y atención. Se trata de otro tipo de comunicación latente, que se mezcla con el discurso convencional y espera, entre las pausas y detrás de los malentendidos, a alguien con las actitudes necesarias para su decodificación.
Parece ser que el inconsciente ya se ha acostumbrado a la tiranía del eje imaginario, sabiendo que no se trata del mejor registro para poder expresarse. En la comunicación convencional, el inconsciente va aflorando a modo de válvula de escape, descargando parte de su carga, de su deseo de ser contado, ante un público que lo obvia y hace oídos sordos a su contenido, atribuyendo su existencia a fenómenos intrusos y a equivocaciones aleatorias. El sujeto habla, pero no sabe lo que dice, que diría Lacan.
Lo inconsciente, para un mal entendedor, se convierte en algo implícito; a veces una sensación intuida, casi siempre en todo un canal comunicacional ignorado.
Dicho material aflora pese a no disponer de terreno sobre el que germinar. Es por esto que Lacan dirá que el individuo es hablado; a su pesar, añadiríamos nosotros. A modo de desahogo, el inconsciente se comunica aún en ausencia de receptor válido, en un proceso homeostático que, si bien no cura (como bien demostró la clínica catártica), sí consigue aliviar temporalmente la tensión intrapsíquica. Acostumbrado a ser frustrado de continuo, no es de extrañar que busque la figura de un alguien que sí sepa escuchar, un otro muy diferente de los otros conscientes: un Otro Grande (en el grafo, A). Mientras tanto, y siempre y cuando no se desate la patología, seguirá hablando para nadie, provocando lapsus que no se interpretarán y recreándose en el único campo que permite su expresión: el onírico.
Volviendo al registro imaginario, un Yo consciente le dirige un discurso a otro Yo consciente, que a su vez contesta (o eso cree) en un proceso denominado molino de palabras. Se denomina de esta forma porque los interlocutores, independientemente de su buena fe, lo único que hacen es intercambiar significantes que brotan de sus respectivos conscientes, obviando ambos el material no consciente, y rellenando las lagunas con atribuciones, creencias, valores y repeticiones (fantasmas, en última instancia).
Podemos asistir al verdadero molino de palabras en cualquier conversación con un desconocido, de las que se producen para romper el hielo. Si en el ascensor de turno seguimos el rastro de una conversación con un vecino, nos encontraremos con frases que repentinamente llegan a su fin, incómodas, para ser sustituidas por otras que, de igual forma, tampoco se demuestran muy operativas. Vaya tiempo hace, ¿eh? Diga usted que sí… nos ha pillado desprevenidos… Vaya… ¿Qué viene, de la compra? Sí, ya se sabe, las obligaciones de todos los días… hace tiempo que no veo a su mujer… Sí, es que últimamente trabaja mucho y llega tarde a casa… En fin… éste es mi piso. Hasta luego…
En este fenómeno no disponemos de información del campo simbólico del otro. Al ser un desconocido, tampoco nos ha permitido decidir si comparte creencias o valores con nostros, imposibilitando el proceso de atribuciones e identificación. El discurso aparecerá siempre descatectizado y errático, artificial y protésico, repleto de incómodos silencios.

Pese a que continuaremos abordando el Lambda en las próximas entradas, os aconsejo visitar los posts que Valentín ha publicado últimamente sobre el mismo tema.