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31 octubre 2008

Transferencia VI. La resolución

Como en cualquier préstamo, llega un momento en que debemos efectuar la devolución. La asunción de un saber (supuesto saber que nos atribuye el paciente) nos promociona a un rango simbólico que no deja de ser un escalón articulante pero provisional y artificioso.
La transferencia negativa cae por sí misma, bien mutando al lado positivo, bien precipitando el abandono terapéutico. La verdadera problemática subyace del lado de la transferencia positiva, en la que el terapeuta, ascendido a un rango de silencioso amante, de escucha privilegiado, puede forzar eterna una relación que se prometía temporal.
Es sabido que el analista obtura una falta del lado del analizado; de manera fugaz, se deja ubicar (o se resiste a ello) en diferentes posiciones transferenciales. Se hace necesario que, ya entrados en el grueso del análisis, y sobre todo de cara a su correcta finalización, el Otro Grande se despoje de sus mayúsculas e invite al analizado a ir apeándole el tratamiento. Como advertía Lacan, el caer del objeto “a” corresponde a una destitución del analista, destitución que permite la resolución del carácter ilusorio de la transferencia.
Si el analista no se suicida del simbólico prestado por el paciente, éste último quedará perennemente atrapado en el ámbar de la mentira transferencial, rindiendo pleitesía a un falso dios que él mismo ha ascendido a los cielos. Se hace urgente virar esta falsa conexión, facilitando un cambio del “amor de transferencia” (quizá necesario en los inicios del tratamiento) por “transferencia de trabajo”.
En la transferencia de trabajo el espejo se hace opaco, y el paciente, desde la soledad acompañada del sittin’, va elaborando un saber propio ahí donde el Otro ya no facilita su saber. Este será su descubrimiento. En el momento en que el sujeto acepta que el saber está en su propio discurso, agazapado, se hace posible el inicio de un duelo necesario: que el analista no atesora ese saber, que tan sólo se prestó durante un tiempo a ser el albacea de un conocimiento que el paciente ya trajo –sin saberlo- a la primera entrevista.

Una vez más, y después de seis entradas, adjunto el documento íntegro: "Transferencia.pdf"

29 octubre 2008

Transferencia V. Positiva vs. negativa

Hemos de reconocer que esta diferenciación puede ser peliaguda. Se supone que la transferencia positiva está formada por sentimientos (conscientes) de simpatía y cordialidad hacia la figura del analista, por lo que resulta lógico –a priori- inferenciar que se trata de una aliada en el proceso terapéutico, al ayudar a afianzar una atmosfera de confianza que apuntala el discurso. El problema viene precisamente de este apuntalamiento, y de que el discurso que se ve reforzado no deja de ser consciente. Moviéndonos únicamente por el equívoco campo de las transferencias positivas, podemos caer en el error de aliarnos al Yo del paciente, y con ello afianzar la represión que suele actuar sobre los estratos más profundos de su personalidad.
Sin duda las transferencias positivas son más cómodas de gestionar en el sittin’, precisamente por su peligrosa cualidad de unirse a los fantasmas narcisistas del terapeuta. En un vals de rapport que puede tornarse en mero yourself, el espectro fantasmático de la realidad del paciente puede quedar coartado a su vertiente más amable, que nunca es la más necesitada de terapia.
Por lo contrario, la transferencia negativa ha sido históricamente vilipendiada por las resistencias que conscientemente fortifica en cualquier análisis. El paciente se muestra reticente a confiarnos su discurso, desconfía de la profesionalidad del terapeuta o de la propia validez del método psicológico (con independencia de la orientación escogida). El paciente intenta apear al analista de cualquier posicionamiento simbólico, y de ésta guisa podemos sorprendernos escuchando una frase que ya se ha convertido en todo un cliché: “yo no creo en los psicólogos”. En todo un alarde de incoherencia (¿por qué, entonces, ha acudido voluntariamente a nuestra consulta?) queda amagada la esencia de la transferencia negativa: subyaciendo a todo el despliegue de defensas conscientes, a nivel inconsciente se esconde un paciente asustado y, por lo común, sorprendentemente colaborador.
Con estas cartas sobre la mesa, podemos advertir el ambiguo carácter de las transferencias. Las de tipo positivo, las amistosas, entorpecen el buen curso terapéutico convirtiendo al analista en un oráculo omnisciente y benefactor, al tiempo que postergan que el propio paciente ejercite su propio mecanismo de abreacción. Las de tipo negativo, en cambio, nos colocan en las cercanías del verdadero foco sintomático pero, sobre todo al inicio del tratamiento, son las más sensibles a la hora de provocar un abandono precipitado.
No debe pues extrañarnos que las transferencias (con independencia de su apariencia imaginaria) deben ser jugadas en el terreno simbólico que nos presta el sittin’. Pese a que se recomiende -como es lógico- reforzar las transferencias positivas al inicio del tratamiento, el analista debe ser cauto de no estancarse en lo acomodaticio de ese reflejo, facilitando al paciente la opción de “dejarse atravesar”, de convertirse en sparring del lado negativo transferencial.

27 octubre 2008

Transferencia IV. Contratransferencia

A no ser que nos sintamos cómodos estafando con nuestra minuta, lo que diferencia al profesional de la escucha de cualquier otro individuo, aquello que discrimina al sittin’ analítico del consejo de un buen amigo (más allá de los conocimientos psicológicos), es entre otras variables la garantía de una objetividad lo más atemperada posible.
Desde el psicoanálisis, el propio análisis didáctico de aquel que ahora cobra debería actuar a modo de normativa ISO, de guardabarrera. Esto no significa que el analista no albergue transferencias hacia su paciente (estaría tan muerto como el Padre al que representa), pero sí debería garantizar que, al menos, el profesional mantiene sus contratransferencias en continuo estado de sitio, sometidas a constante sospecha y cuarentena.
El propio paciente se nos presentará del modo que cree ser, y sin saberlo nos ubicará en posiciones que no nos pertenecen; constantes préstamos de un pasado que nada tiene que ver con nosotros. Es problema del terapeuta acceder o no a las necesidades atributivas del paciente y dejarse colocar en una posición articulante -cobrar forma en el escenario fantasmático del sujeto-, o impedir mediante un continuo regateo ser ubicado en la compleja dialéctica del deseo del paciente, parapetándose detrás del principio de abstinencia. Habrá que valorar si la proyección transferencial del analizado nos ubicará en una posición funcional, destructora de repeticiones, o si por el contrario nos estamos convirtiendo en un eslabón más de una cadena infinita.
En cualquier caso se hace evidente que, en un proceso ya de por sí complicado, si el analista no posee control sobre sus propios fantasmas, sobre sus propios sistemas de etiquetaje y expectativa, nada quedará de la imprescindible objetividad. En palabras del diccionario Chemama:

“Fuera del marco del análisis, el fenómeno de la transferencia es constante, omnipresente en todas las relaciones, sean estas profesionales, jerárquicas, amorosas, etc. En ese caso, la diferencia con lo que pasa en el marco de un análisis consiste en que los participantes son presa cada uno por su lado de su propia transferencia, de lo que la mayor parte de las veces no tienen conciencia. De este modo, no se instituye el lugar de un intérprete tal como lo encarna el analista en el marco de la cura analítica. A través de su análisis personal, en efecto, el analista se supone que está en condiciones de conocer lo que teje sus relaciones personales con los otros, de modo de no venir a interferir en lo que sucede del lado del analizante. Esta es además una condición sine qua non para que el analista esté disponible y a la escucha del inconsciente.”

Pese a todo, y como suele ocurrir a menudo, aquello que en la teoría parece inamovible, en la práctica puede ser difícilmente sostenible. Y es que las últimas corrientes cognitivas (con el postmodernismo a la cabeza) dudan de que la contratransferencia pueda ser reducida a cero. Según estos marcos teóricos, la transferencia es cocreada en el simbólico del sittin; el paciente pone la emergencia metonímica de sus afectos mientras que el analista los modula y a menudo reinterpreta.

24 octubre 2008

Transferencia III. A modo de resistencia

La transferencia es un fenómeno que revisita esquemas anteriormente jugados en otros escenarios. El propio Lacan diría que el mismo amor (amor de transferencia, al fin y al cabo) nunca iba más allá de los primos-hermanos.
Freud, por su parte, reconoció la existencia de imagos inconscientes casi arquetípicas, entre las que destacaban la del padre y la madre. Esto condujo a situar la transferencia como una heredera de antiguos mecanismos infantiles (edípicos, fundamentalmente), posicionamientos y esquemas olvidados que –desde las sombras- continúan mediatizando el comportamiento actual del individuo. Freud definió la transferencia como un desplazamiento metonímico de los afectos, en los que éstos se actualizan de una representación primitiva a otra actual. El autor denominó a este deslizamiento “falsa conexión”.
En lo referente al sittin’, a lo simbólico del espacio analítico, la transferencia se ubica del lado del agieren, del actuar, del acting out (inside). Se exhibe proactiva y cargada de libido erótica (en tanto en cuanto se deposita en pulsiones que buscan ser depositadas en el exterior). El problema viene cuando, del lado de la actuación, se posiciona en las antípodas de la abreacción, del recuerdo introspectivo, del “darse cuenta” (insight) humanista. Si Lacan nos tranquilizaba con su sentencia de que “la palabra es el asesinato de la cosa”, la vertiente del acting nos amenaza con su reverso: “la cosa es el asesinato de la palabra”.
No es de extrañar que Freud intentara crear un cortafuego para salvaguardar la objetividad del analista; de hecho, la regla de abstinencia y el principio de neutralidad no son más que tentativas para aislar al terapeuta del juego de máscaras que le atribuye el paciente. Sólo desde la posición de esfinge se puede sortear la demanda intransitiva del analizado, mas, incluso desde la cómoda incomodidad de esas murallas de silencios, el paciente proyecta su necesidad de ubicarnos en una posición siempre demasiado simbólica, regalándonos la atribución de un saber (a nivel consciente) y a menudo aguardando al crepúsculo de los dioses (a nivel inconsciente).
Continuando con las resistencias encubiertas, Freud también advirtió que la transferencia acostumbra a aparecer como preámbulo de algún nudo conflictivo, a modo de disparador o alarma que retarda (o incluso imposibilita) el acceso a material inconsciente altamente explicativo. Y aquí es dónde asistimos a una de las paradojas de la transferencia: al mismo tiempo que se nos presenta como una muralla defensiva, edificada de afectos resucitados, nos permite ver al paciente despojado de sus vestiduras imaginarias, en la esencia de su verdadera problemática. En palabras de Freud: «La transferencia, tanto en su forma positiva como negativa, se pone al servicio de la resistencia; pero, en manos del médico, se convierte en el más potente de los instrumentos terapéuticos y desempeña un papel difícil de sobrevalorar en la dinámica del proceso de curación».
Y en otro pasaje:
[La transferencia] «Es el terreno en el que debe obtenerse la victoria [...]. Es innegable que la tarea de domar los fenómenos de transferencia plantea al psicoanalista las máximas dificultades; pero no debe olvidarse que tales fenómenos son precisamente los que nos proporcionan el inestimable servicio de actualizar y manifestar las mociones amorosas, ocultas y olvidadas; ya que, a fin de cuentas, no es posible dar muerte a algo in absentia o in effigie».
Y aquí debemos rendirnos a la evidencia: las transferencias son fantasmas erráticos que buscan un ansiado descanso. Son frases nunca dichas, reproches nunca mencionados, halagos nunca ofrecidos… Para exorcizar su eterno periplo, dichas cargas afectivas se escenifican ad eternam hasta encontrar la extinción a través de alguien que se preste a ofrecer una réplica.
Pero no siempre juegan tan limpiamente. A menudo la repetición de esquemas pasados no busca la disolución del conflicto si no, de la mano del beneficio secundario, su afianzamiento y confirmación. Es por esto que la regla de abstinencia convierte al analista en un espejo pivotante: La mayor parte de las veces el terapeuta reflejará impertérrito la demanda del paciente, reacio a dejarse ubicar en posición de muerto, y en otras ocasiones (las menos) permitirá ser atravesado por las necesidades transferenciales del analizado, ofreciéndole un campo de juego donde reescenificar –en forma de diálogo- monólogos nunca estrenados.
Inicialmente (en orígenes normalmente infantiles), la transferencia bebió de una relación real en el imaginario, una relación que quedó de un modo u otro coartada, incluso reprimida, condenada a la repetición como esquema comunicacional inconsciente, como fantasma. De esta forma esa relación (antiguamente consciente e imaginaria) fue cimentándose en el inconsciente, tornándose simbólica.
Cuando la transferencia de dicha relación es puesta en escena de nuevo en el presente, poco sabe el sujeto que bebe de un patrón repetitivo inconsciente, de una cicatriz simbólica. De hecho, la mayoría de las veces el paciente creerá que se trata de algo nuevo, justificado por las circunstancias, e incluso podrá llegar a acusar al analista de haber sido el culpable de levantar esos sentimientos. En definitiva, el analizado intentará explicarla en su carácter imaginario; ahí es donde el terapeuta debe invitar al paciente a reconocer el carácter simbólico de eso que cree puntual y coherente, en una tentativa que, de seguro, levantará todo un abanico de resistencias y resquemores.
El propio Lacan, en el Seminario I “Los escritos técnicos de Freud”, definió la transferencia como un fenómeno imaginario que sería el “pivote” en la cura. A su modo de ver, se hacía necesario girar el timón (por las tormentosas aguas de la resistencia) para hacer comprender al analizado que está reescenificando algo que le viene del simbólico (una invitación a la abreacción).

22 octubre 2008

Transferencia II. Breve historia

Son conocidos los avatares que experimentó Freud con este esquivo concepto.
Inicialmente, el padre del psicoanálisis se acogió a la teorización de la transferencia para explicar el fracaso terapéutico de Bleuer con Anna O. De esta guisa, la transferencia (en este primer caso: inequívocamente erótica) era una variable a tener en cuenta en la medida que siempre iba acompañada de resistencias al tratamiento. Podeís acceder a este episodio histórico descargándoos la película Freud, pasión oculta.
Pese a estar sobre aviso, el siguiente encontronazo de Freud con la transferencia tampoco fue especialmente afortunado, y esta vez fue el propio autor quien (avatares contratransferenciales mediante) puso en bandeja a nuestra voluble Dora el abandono de la terapia. En esta célebre ocasión, Freud cayó en el error de bajar la guardia en lo referente al principio de abstinencia, dejándose ubicar por la paciente (y ayudándole en su empeño atribucional) en la arriesgada posición de Sr. K.
Posición de muerto, de desecho terapéutico.
De esta guisa, no debe extrañarnos que el concepto de transferencia freudiano siempre haya tenido una extraña pátina de incomodidad, de variable extraña, de síntoma esquivo y contrario a la resolución terapéutica. El propio Freud -de manera sucinta- va incorporando el control de la transferencia al conjunto de herramientas terapéuticas, pese a que tendremos que esperar al enfoque lacaniano para conceder el indulto a ésta “gran enemiga” del análisis. En palabras de Freud: «¿Qué son las transferencias? Son reimpresiones, reproducciones de las mociones y de los fantasmas, que deben ser develados y hechos conscientes a medida que progresa el análisis». En una última concesión, el autor reconoce que no se puede obviar semejante proyección de los afectos y que, por otra parte, "sólo pueden convertirse en aliados de la cura a condición de ser explicadas y «destruidas» una por una".

20 octubre 2008

Transferencia I. Introducción

En los próximos días (quizá semanas, pues el tema da para ello), me propongo abordar el concepto princeps de transferencia. A nadie se le escapa que es uno de los temas más manidos (y a menudo críptico, en manos lacanianas) de esto que venímos en llamar psicoanálisis. De seguro que no venímos a aportar nada nuevo pero -quién sabe- quizá estos textos coincidan con el momento de elaborar de alguno de ustedes.
Vamos allá:



Transferir:
Pasar de un lugar a otro.

A modo de introducción, deberíamos aclarar que la transferencia consiste en un fenómeno de repetición inconsciente, metonímico. Como individuos neuróticos, toda una cohorte de fantasmas implícitos mediatiza nuestra relación con los demás, fantasmas anidados en toda una red transferencial de expectativas, atribuciones, esquemas de comportamiento… Nada más conocer a otro, y guiados por un mecanismo mucho más inconsciente de lo que nos gustaría reconocer, toda una serie de resortes nos ubican del lado de la simpatía o de la antipatía, del distanciamiento o del feeling. Ajenos a los mecanismos que gobiernan nuestra conducta prosocial, el imaginario se nos dibuja como el campo en el que se pasean, cortejan y enemistan transferencias y contratransferencias, en un eterno cortejo de equívocos y asunciones.
Y es que la transferencia no deja de ser una de las más claras evidencias de estar doblegados a la tiranía de un reflejo. Hijos del estadio del espejo y atrapados por su especularidad, la asunción de nuestra propia imagen, la peregrina construcción de nuestro autoconcepto, se ha venido realizando a través de la respuesta que obteníamos de otros lambdas a la deriva. Reza la máxima teórica que no existe transferencia sin resistencia; a esto deberíamos añadir que –en ausencia de lazos transferenciales- tampoco podríamos hablar de comunicación, a lo sumo de molino de palabras o de diálogos de ascensor.
Para aquellos que se sientan más cómodos con la terminología psicológica, el concepto de rapport sería en cierto modo semejante al de transferencia, si bien éste se circunscribe al aspecto más consciente y volitivo de la comunicación terapeuta-paciente, con lo que la equivalencia no es todo lo válida que nos gustaría.